Le digo, querido: yo escribí cartas que nunca envié. Por pudores pues, y porque antiguamente le decían a uno que las niñas bien debían quedarse en casa a esperar las serenatas. Y fíjese que yo varias noches me quedé asomada en la ventana, buscando en lo oscuro alguna canción de amores furiosos.
Si las escribiera hoy no me preocuparía de las estampillas ni del vestido de flores amarillas e iría a dejarlas yo misma al destinatario. Pensándolo mejor, no gastaría papel siquiera y me reservaría las frases con recovecos, porque a machetazos he aprendido que las añadiduras sobran siempre y que mejor es un beso bien dado para decir lo indecible. Lo haría como usted, querido, que irrumpe los espacios con sus ojos de miel intempestiva, esos ojitos tan de niño, mi niño, de vida y delirio. Porque si hay algo que no necesita es malgastar saliva con palabras de señor de fundo. La risa fácil es su llave, no lo olvide nunca. Y cuando vengan los terratenientes de hoy a decirle que mejor deje atrás la euforia y que la vida es una cuenta corriente para cuidar, mírelos usted con cara de complejo para dejarlos tranquilos, y luego dese media vuelta. O una vuelta entera si lo prefiere, y aproveche de hacer ese pasito suyo tan gracioso y siga zapateando, querido, que todo esto es un tango reservado exclusivamente para los bailarines color rojo pasión.
sábado, 6 de junio de 2009
domingo, 31 de mayo de 2009
Clara y sus manos
Llegas siempre tarde a los momentos de tu vida. Entras de golpe cuando los invitados están descolgando los abrigos del perchero solitario, agradeciendo por milésima vez la comida. Es ahí cuando irrumpes, Clara, y saludas también por milésima vez dando explicaciones de tráficos, de gentes, de trabajo ineludible que no te permitió llegar a tiempo. Y todos te devuelven grandes sonrisas, te dicen que no importa, que 'maldita ciudad que no le permite a Clarita calcular con holgura los segundos y las horas'. Asientes y les das a todos un abrazo en cadena, y algunas veces realmente crees que tú vas a la derecha y el tiempo en la dirección completamente opuesta. Pero luego, cuando el último cierra la puerta y te quedas sola con tu exquisito encanto sabes que no, que llegas tarde por opción, que agarras los minutos entre las manos y los empuñas, y te quedas así mucho más tiempo del que aguantas abajo del agua y luegos los sueltas mientras ellos escapan de tus palmas rogando el aire. Lo más terrible de todo, piensas, es que amas la tardanza, poner el pie en los momentos que se están muriendo. Prefieres la agonía, Clara, aunque siempre te digas a ti misma que para la próxima serás la primera en llegar.
martes, 21 de abril de 2009
Diez bellezas
Tiene un demonio en cada dedo, te lo juro. Yo se los he visto. Bueno, sólo al del meñique, pero vale por los otros nueve. Y creo que es ese el que le gobierna las dos manos a voluntad. ¿No la has visto caminar con los brazos tirados hacia delante? Eso no es por azar. Te digo: tiene un demonio en cada dedo y la cara de oveja degollada. Por eso nosotros nos quedamos cerca, sin dimensionar con qué chichita nos estamos curando.
martes, 7 de abril de 2009
Abril
Pasa en abril. Te encuentro una vez más y te miro desde el otro lado de la piscina. Tú observas el agua quieta como cristal, te reflejas y botas el último cigarro en el cenicero grande del costado. Y yo desde mi borde te sigo con los ojos y pienso que somos los mismos. Sólo nos hemos vestido de novedades, que nos contamos como primicias para aparentar que no nos conocemos lo suficiente.
lunes, 23 de marzo de 2009
En el río Magdalena
Pienso justamente en cómo detesto mi nombre: Estela. Parece sacado de tres generaciones atrás. Y si fuera de esta, parece vago y débil, como siempre rodeando otras cosas, a otras personas, lejos de mi. Porque alguien puede ser la estela de Roberta o María, pero me pregunto, ¿puede alguien ser la estela de Estela? No pues, no se puede.
Y mientras, envidio a quienes sí la llevan. El violeta intenso de las estelas de rabia, el tierno amarillo de las estelas dulces. Las estelas multicolores. Las oscuras como el centro de la noche. Ese exquisito ir y venir como perdiendo el rastro, como siguiendo la pista del dueño que camina rápido y que quiere esconderse. Y corre y se pierde a veces, pero la lucecita endemoniada finalmente lo encuentra y se le pega atrás por la espalda, aferrándose como la primera vez y riéndose como todas las veces. Siempre. Aunque el amo vaya, se meta al río Magdalena, llore sus desgracias y se agarre la cara con las manos hechas garras. La estela lo espera afuera –y cómo me gustaría que me esperara a mi, la Estela verdadera- y se le monta detrás de los hombros una vez que sale del agua.
Y mientras, envidio a quienes sí la llevan. El violeta intenso de las estelas de rabia, el tierno amarillo de las estelas dulces. Las estelas multicolores. Las oscuras como el centro de la noche. Ese exquisito ir y venir como perdiendo el rastro, como siguiendo la pista del dueño que camina rápido y que quiere esconderse. Y corre y se pierde a veces, pero la lucecita endemoniada finalmente lo encuentra y se le pega atrás por la espalda, aferrándose como la primera vez y riéndose como todas las veces. Siempre. Aunque el amo vaya, se meta al río Magdalena, llore sus desgracias y se agarre la cara con las manos hechas garras. La estela lo espera afuera –y cómo me gustaría que me esperara a mi, la Estela verdadera- y se le monta detrás de los hombros una vez que sale del agua.
domingo, 19 de octubre de 2008
Aurora y su carta de aviso
Pasa que si un día mueres antes de lo prometido no me darás tiempo para hacer con cuidado los arreglos de flores, ni buscar con tiempo el vestido, ni mandar cartas a nuestros amigos lejanos. No podré acostarme por las noches sabiendo que el día siguiente será uno menos en la cuenta; no tendré el tiempo suficiente para practicar la sonrisa ni los ojos, ni la postura de las manos ni de las piernas, las caderas, la cintura y los hombros. Voy a moverme como un caracol en el jardín, como gato asustado en la pieza oscura. Prefiero que me avises sabes, si vas a morirte antes de lo que hemos conversado, y que te lleves todas tus cosas y las tires a la calle, al río o dónde mejor te parezca, y que sólo luego de eso des el último suspiro. No te atrevas, te obligo a que no te atrevas a dejar nada tuyo en lo mío, nada de lo que yo me pueda amarrar y llorar y pensar que todavía andas por ahí, escondido detrás de las cortinas. A veces quiero que no estés y te lo grito –ya sabes como- pero finalmente sé que pegas el portazo y te quedas bramando detrás de la puerta. Lo siento, te siento respirar del otro lado y que tienes una rabia desmedida, la misma que me envuelve a mi. Pero se que estamos separados por una pedazo de madera y que luego tocarás dos veces o abriré yo, y todo habrá terminado y volveremos a ser lo que somos.
Si un día mueres antes de lo prometido no alcanzaré a limpiar las ventanas, ni siquiera abrirlas para ventilar el espacio, ni recoger la alfombra y sacar las plantas, y todos los detalles para los que necesito tiempo y calma. Tendré que recibirlos a todos sin maquillaje y voy a llorar por eso, no porque te hayas muerto sino por la vergüenza que me harás pasar a cara deslavada. Y voy a llorar tanto – no por ti, que te quede bien claro- que se me van a caer los ojos, como siempre, y ya no van a parecer almendras coquetas sino pasas añejas, y voy a reclamarte de vuelta la mirada. No te convienes, te repito, no te conviene irte temprano en la mañana como todos los días y no volver más. Te lo digo por tu propio bien, no por el mío. Porque de los dos, seguro que tú serás el que sufra más.
Si un día mueres antes de lo prometido no alcanzaré a limpiar las ventanas, ni siquiera abrirlas para ventilar el espacio, ni recoger la alfombra y sacar las plantas, y todos los detalles para los que necesito tiempo y calma. Tendré que recibirlos a todos sin maquillaje y voy a llorar por eso, no porque te hayas muerto sino por la vergüenza que me harás pasar a cara deslavada. Y voy a llorar tanto – no por ti, que te quede bien claro- que se me van a caer los ojos, como siempre, y ya no van a parecer almendras coquetas sino pasas añejas, y voy a reclamarte de vuelta la mirada. No te convienes, te repito, no te conviene irte temprano en la mañana como todos los días y no volver más. Te lo digo por tu propio bien, no por el mío. Porque de los dos, seguro que tú serás el que sufra más.
martes, 2 de septiembre de 2008
A penny for your thoughts
'Un centavo por tus sueños', me decía la abuela en un inglés tan británico como su cuello largo y clavículas pronunciadas. Un centavo por mis sueños, pensaba yo, al mismo tiempo que le sonreía y le decía con los ojos que no, que no estaba pensando en nada fuera de lo común y que mis deseos más íntimos estaban tranquilos y que le mandaban saludos. La abuela tenía la capacidad de punzar con ese tipo de frasecitas en los momentos menos indicados, a pesar del alzheimer avanzado que la hacía poner las llaves en la puerta y no recordar si estaba entrando o saliendo de la casa. Pero a mi me miraba pícara y me ofrecía monedas para que le regalara mis pensamientos justo cuando no quería pensar en nada. Me increpaba con las cejas levantadas y la mirada altiva, como si lo supiera. "A penny for your thoughts, my dear", y yo le respondía quebrada y lloraba un rato recostada en su falda.
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